Columna escrita por Judith Scheele, publicada en LaNacion.cl
Con la presentación de los siete Programas Educativos en Sexualidad y Afectividad que los colegios tendrán que implementar de forma obligatoria a partir de 2012, el Gobierno muestra serio interés en el problema del embarazo adolescente en Chile. Datos del Banco Mundial muestran que en Chile en el año 2008 nacieron 59 niños de mamás de 15 a 19 años por cada 1.000 mujeres en ese tramo de edad. En otros países de la OCDE (de la cual Chile forma parte desde 2010) esta cifra es notablemente menor. Por ejemplo, en Estados Unidos hubo 35, en Turquía 38, y en Italia sólo 5 nacimientos por cada 1.000 mujeres de 15-19 años (Indicadores del Desarrollo Mundial).
Aunque estas cifras sólo indican el número de nacimientos y no dicen nada sobre embarazos que son interrumpidos prematuramente (por aborto natural o provocado), son un indicador relativamente fiable del grado en que las sociedades sufren de embarazos adolescentes.
Ahora, es conocido que los embarazos adolescentes no sólo se relacionan con la falta de educación sexual, hay varios factores que también influyen como cultura, religión, nivel de educación, y nivel socio-económico. Tampoco es cierto que los nuevos programas sólo se concentran en la prevención de embarazos no deseados entre adolescentes. No obstante, su introducción podría ser un paso importante hacia una educación sexual más efectiva y, por consiguiente, hacia un índice de fertilidad adolescente más parecido al promedio de la OCDE (19 nacimientos por cada 1.000 mujeres de 15 a 19 años en 2008).
Hay varias razones por las que el nuevo plan de educación sexual tiene más probabilidad de ser efectivo. Primero, se trata de un enfoque integral que no sólo aborda temas como la función de los órganos de reproducción o el modo de uso de los preservativos, sino que también se concentra en aspectos sentimentales como el deseo de complacer a la pareja o el temor de “no formar parte”. Como muestran estudios internacionales, estos son sentimientos que están estrechamente relacionados con la decisión de adolescentes de tener relaciones sexuales y el uso o no de preservativos.
Segundo, los programas propuestos están diseñados para proveer enseñanza en sexualidad a los alumnos desde primero básico, adelantando significativamente la iniciación de los niños en el tema y promoviendo la continuidad y relevancia de la educación sexual en el currículo.
Aunque la enseñanza de temas sexuales a niños tan pequeños puede causar dudas en padres, no hay motivos para creer que una formación temprana en la materia hace que los adolescentes se vuelvan sexualmente activos a una edad más joven. En cambio, expertos coinciden en que es más probable que los niños que reciben educación sexual desde una edad temprana posponen el momento de empezar relaciones sexuales porque están mejor informados y así son más capaces de defenderse contra presiones de la pareja o de amigos.
Asimismo, tendrán mayor capacidad de ponderar las ventajas y desventajas de tener relaciones sexuales. Esto, porque adolescentes de 12-14 años, por un tema de inmadurez cognitiva, no son capaces por sí solos de entender las consecuencias futuras de sus acciones (no vinculando, por ejemplo, el acto sexual con la posibilidad real de tener un bebé nueve meses después).
Por lo menos en este sentido los nuevos Programas Educativos en Sexualidad y Afectividad representan un importante paso adelante en la promoción de una actitud sana y responsable de los jóvenes hacia sexualidad. Ahora tenemos que esperar para ver si también significará un descenso en el número de embarazos adolescentes no deseados.