Los liceos emblemáticos de la Región Metropolitana --como el Instituto Nacional y el Liceo de Aplicaciones-- están en crisis: de infraestructura y equipamiento en primer lugar pero también en cuanto a su gestión y clima pedagógico. Lo más grave sin embargo es que en ambos casos se evidencia, además, una falla de gobierno. Nadie aparece como responsable de la gestión y sus deficiencias: el director apunta al sostenedor (el Municipio), el Municipio al Ministerio de Educación y el Ministerio de Educación a los directores y el sostenedor.
Sin autonomía real, estos liceos están condenados a esa zona gris, ambigua, donde la responsabilidades de desplazan de un eslabón al siguiente en la cadena burocrática. En medio de este juego, la figura del director aparece como puramente decorativa; frágil e impotente.
Ninguna organización puede funcionar bien bajo estas condiciones. Si no se resuelve prontamente este problema --v.gr., colegios sin autonomía, directores sin atribuciones, sostenedores sin responsabilidades, ministerio sin funciones claramente definidas-- los liceos (los emblemáticos y los demás; se habla de 300 colegios con "problemas estructurales") continuarán perdiendo prestigios y ahuyentando a las familias y sus alumnos.
Para resolver este nudo se vuelve necesario dotar de autonomía a los liceos y sus directivos. En vez de centralizar e la administración del sistema municipal, trasladando meramente los problemas a otra esfera intermedia o superior, se requiere dar condiciones de gobernabilidad a sus directores, entregándoles facultades efectivas de gestión de sus establecimientos y personal y haciéndolos responsables del desempeño de sus colegios.

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