En el escenario actual de la Educación Superior (ES), específicamente en el de las universidades privadas, se vislumbra un nuevo perfil de estudiante que, si bien aún no ha sido descrito con cifras y evidencias, se construye o aparece en la conversación de académicos y directivos que tienen a su cargo formarlos. Se trata de jóvenes que, en el síntoma, parecen carecer de las competencias que la academia valora y, por tanto, les exige, tales como la habilidad para comprender y producir eficazmente discurso académico. Vistos los síntomas, parece ser que lo que está detrás de este fenómeno son las experiencias previas de alfabetización o literacidad de los estudiantes.
En primer lugar, parece relevante relacionar este fenómeno con la ya sabida apertura o democratización de la matrícula de ES; con la evidencia de que hoy ingresan a la universidad jóvenes de familias que antes no tuvieron acceso a este sistema. Visto así, se trataría de un problema de capital cultural, o de "capital comunicativo", como hemos querido acotar en columnas anteriores. En efecto, como propone Jacobs (1990), la cultura escrita, en la forma de un tipo de discurso descontextualizado, jerárquico en su estructura, hecho de vocabulario variado y preciso y de una gramática compleja, se reproduce en las elites ya no solo en el discurso escrito sino que en la oralidad. El nuevo estudiante que se describe no habría sido "iniciado" en su familia en las convenciones del discurso académico, y le son ajenos, entonces, los recursos y hábitos que se valoran en la ES.
Resta, sin embargo, una segunda hipótesis posible que puede no solo aportar a la descripción del problema sino que a la búsqueda de vías para la intervención. En efecto, un segundo síntoma que alimenta las discusiones de pasillo en las universidades privadas es la creciente ocurrencia de plagios en los trabajos producidos por sus estudiantes, quienes parecen utilizar las entradas de internet como recortes de un collage con el que construyen sus ensayos, informes y otras evaluaciones parciales o finales. Lo que para los académicos constituye materia de ética y castigos, para los estudiantes parece ser un hábito transparente, sobre el cual no emiten juicios morales pues constituye el procedimiento automático con el que abordan el trabajo universitario. Estaríamos, entonces, frente a una segunda experiencia previa de alfabetización de los estudiantes que se describen, no ya la del discurso restringido argumentado en el párrafo anterior, sino que una particular forma de gestionar el conocimiento en la sociedad de la información, como propone Pozo. En ausencia de un único discurso autorizado y, más importante, articulado intencionadamente para su comprensión, los estudiantes navegan en un mar de textos sin autor conocido, y recolectan fragmentos que no pueden conectar lógicamente y que no permiten la construcción de un discurso académico coherente. Se diría que procesan el discurso fragmentado tal como viene y lo vacían en sus textos en el mismo estado de pastiche polifónico en que se presenta.
No solo los "comentarios de pasillo" referidos más arriba, sino también la creciente ocurrencia de cursos de redacción académica para novatos en las universidades privadas proporcionan evidencia anecdótica para este fenómeno que vale la pena poner sobre la mesa. Se trata de abrir el debate y de cuestionarse colectivamente respecto de la urgencia de analizar sistemáticamente los síntomas y las respuestas que han dado las universidades a este nuevo fenómeno.

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