La
tarea de precisar qué relaciones, si es que alguna, media entre la esfera de lo
público, por una parte, y el ámbito de las instituciones estatales, en especial
de las universidades, por la otra, exige, como es obvio, dilucidar primero qué
hemos de entender por la esfera de lo público. Si logramos proveernos de un
concepto más o menos riguroso de lo público, podremos examinar luego si acaso
media alguna relación necesaria entre la esfera designada por ese concepto y la
tarea de las universidades estatales.
Pues
bien ¿qué particularidades o qué rasgos dignos de mención presenta ese ámbito
del quehacer humano que solemos denominar esfera de lo público? Como digo, y
disculpen ustedes la reiteración, si logramos responder esta pregunta podremos
luego darnos a la tarea de precisar si ene se esfera le cabe a las
instituciones estatales alguna tarea específica.
Me
parece a mí que una revisión, incluso somera de la literatura sobre este tema,
lleva a concluir que, en términos generales, existen tres conceptos claramente
diferenciados de lo público.
El
primero de esos conceptos -el más sencillo y fácil- proviene de la economía neoclásica.
Si
nos ahorramos un conjunto de precisiones que no vienen al caso, me parece que
podemos convenir que la expresión bien público alude, desde el punto de vista
económico, a un bien que produce beneficios indiscriminados, beneficios que se
difuminan entre un amplio conjunto de personas, sea que esas personas hayan o
no pagado los costos de producirlos. Como este tipo de bienes benefician a
todos (a quienes pagan por su producción y a quienes no) suelen plantear, como
sabemos, un problema de free rider: cada uno aspira a tomar los beneficios de
esos bienes eludiendo los costos que son imprescindibles para que esos bienes existan. El resultado
-suele arguirse- es que si dejamos a los bienes públicos en manos de la
iniciativa meramente privada su producción estará necesariamente por debajo de
la que es socialmente necesaria.
Como
ustedes saben, la información científica, el alza en el nivel general de
conocimiento, es decir el tipo de cosas que las universidades producen, son bienes de este tipo, es decir bienes cuyos
beneficios alcanzan indiscriminadamente a toda la población.
Dicho
eso, lo que cabe ahora preguntarse es si acaso de lo anterior se sigue una
razón para tratar de manera diferenciada a las universidades estatales o si,en
cambio, no se sigue ninguna.
No
parece existir ninguna vinculación necesaria entre esta dimensión de lo público
y las universidades estatales. La razón es bastante obvia y creo que no habrá
dificultades en que podamos compatirla: todas las universidades pueden, en
principio, producir en alguna medida bienes públicos y por lo mismo pueden
aspirar al financiamiento estatal en la proporción en que lo hagan. Una
universidad estatal tiene derecho a que el estado le financie la producción de
bienes públicos; pero ese derecho lo tiene en razón de los bienes públicos que
produce, no en razón de ser estatal. Esto es, dicho sea de paso, lo que ocurre
con la asignación de fondos para la investigación científica disciplinaria: ellos se distribuyen en atención a la
capacidad de producir bienes, no atendiendo a la índole de quién los produce. Para decirlo en la jerga habitual de las
políticas públicas, este tipo de financiamiento es por resultados y en base a
criterios competitivos.
En
suma, si bien existen poderosas razones para que el estado financie la
producción de bienes públicos; esa no es una razón que milite sólo a favor de
las instituciones estatales. Este asunto es tan obvio que creo que podemos
dejarlo aquí.
Despejado
lo anterior, me parece que estamos ahora en condiciones de preguntarnos qué
otro sentido conceptual cabe asignar a lo público.
Si,
como vimos, desde el punto de vista económico lo público alude a un cierto tipo
de bienes, desde el punto de vista que voy a examinar brevemente ahora, lo
público alude a una cierta esfera de la cultura o de la racionalidad humana ¿En
qué consiste en este caso lo público y qué relación, si es que alguna, guarda
con las instituciones estatales? Esa es la pregunta que corresponde que ahora
intentemos responder.
El
concepto de lo público al que ahora me referiré es posible encontrarlo en buena
parte de la literatura; pero debe su éxito en especial a los trabajos de
Habermas.
Habermas,
como ustedes recuerdan, sostiene que el capitalismo del siglo XVI no sólo
contribuyó a cambiar la forma de organizar y distribuir el poder político (nada
menos que el surgimiento de lo que hasta hoy día llamamos Estado) sino que
además dio orígen al surgimiento de un especial ámbito de sociabilidad que, hasta
ese momento, no había logrado expandirse: la esfera pública. Hasta entonces
sólo existía, por decirlo así, el ámbito de la autoridad (el conjunto de
organismos y procedimientos mediante los que se administra el uso de la fuerza)
y el ámbito de las relaciones privadas (que incluía las relaciones íntimas y
las relaciones mercantiles). Entre ambas esferas surgió, dice Habermas, un
ámbito de diálogo y de análisis racional en que los sujetos se reunían para
discutir la mejor forma de organizar la vida en común. Esta esfera pública no
era parte ni del Estado, ni del mercado, sino un ámbito en el que se ejercitaba
eso que Kant llamó, a fines del XVIII, uso público de la razón.
La
esfera pública designada por ese concepto -que
con matices se encuentra también en otros autores como Hanna Arendt- es,
sobra decirlo, independiente del estado. Se trata, en cambio, de un ámbito que
se constituye al margen y por oposición al estado, de manera que, puede afirmarse, tampoco
existe ninguna relación necesaria entre lo público así concebido y las
universidades estatales. Después de todo, esa forma de racionalidad que
Habermas creyó detectar a partir del siglo XVII se desarrolló en los cafés, en la
prensa, en los salones intelectuales y en las comunidades académicas; pero sin
restringirse a la índole estatal de ninguna de ellas.
Así
entonces no parece existir tampoco ninguna vinculación necesaria entre la
esfera pública, entendida como una dimensión dialogal de la racionalidad, y la
índole estatal o no de las instituciones. Es probable, por ejemplo, que la
esfera pública chilena a contar de fines del diecinueve le deba tanto a los
intelectuales de la Universidad de Chile como a la intelectualidad conservadora
de la Universidad Católica y así también durante buena parte del siglo XX.
La
conclusión que sugiero entonces es que, bajo este respecto, tampoco parece
haber una vinculación necesaria entre lo público así concebido y lo estatal.
Si
lo anterior es así ¿de dónde proviene entonces esa tendencia, fuertemente
instalada en nuestra cultura, conforme a lo cual existen un vínculo
privilegiado entre lo público y lo estatal?
Esa
tendencia, según espero mostrar en lo que sigue, proviene de un tercer
significado de lo público.
Este
significado de lo público surge a la sombra de la universidad moderna y en este
caso lo público alude a la tarea emancipadora que se atribuye a las
universidades en el proyecto de estado nacional.
Como
todos ustedes saben, la universidad moderna (cuyos paradigmas son la
universidad humboltiana, o de la ciencia, y la universidad napooleónica, o
profesionalizante, ambas con poco más de doscientos años) se caracteriza por
estar vinculada al proyecto emancipatorio e ilustrado del estado nacional. La
universidad moderna cultiva el saber y las condiciones de su posibilidad con
miras a constituir un sujeto, la nación, que gracias al saber y la ilustración
logra emanciparse y autogobernarse en la historia. Esta narrativa de la
Universidad Moderna -que puede encontrarse en el opúsculo El conflicto de las
facultades de Kant o en el discurso con que Humbolt instaló la Universidad de
Berlin- es el que ha permitido establecer fuertes vínculos entre la universidad
y el estado en la medida que este último ve en las universidades la posibilidad
de crear y expandir un público leal a sus instituciones.
En
esa visión que subyace a la Universidad moderna -donde el saber se pone al
servicio de la emancipación del sujeto nacional-- la universidad estatal
adquiere un especial significado, en la medida que ella es la única capaz de
trascender la particularidad de grupos o intereses parciales y expresar, en
cambio, la universalidad del proyecto nacional. Un conjunto de funciones
asociadas a la construcción de ese proyecto emacipatorio, por llamarlo así, se
asocian entonces a la institución estatal: allí donde otras instituciones
expresan intereses parciales o promueven formas de vida particulares, la
universidad estatal contribuye a homogeneizar la cultura y a configurar la
nación; allí donde las clases y los grupos aspiran a reproducirse en una cadena
simplemente endogámica y hereditaria, la universidad estatal aspira a hacer más
diversas las élites; allí donde otras instituciones anhelan expresar puntos de
vista particulares, las universidades estatales se dan a la tarea de crear un
ámbito en el que todos esos puntos de vista puedan expresarse y debatir entre
sí.
Pues
bien, lo que cabe preguntarse ahora es si acaso ese modelo de lo público
-estrechamente vinculado, como acabo de decir, a la universidad moderna- puede
reivindicarse hoy día por las universidades estatales para, a partir de él
reclamar del estado un trato preferente.
Desde
luego, todos sabemos que hay serias dificultades para que ese modelo posea hoy
plena vigencia social y quizá allí esté el origen de la actual situación de las
universidades estatales.
Y
es que allí donde la universidad moderna aspira a la homogeneidad bajo la forma
de nación, las sociedades contemporáneas anhelan expresar la diversidad de
formas de vida que en ella coexisten; allí donde la universidad moderna presume
de cultivar el saber, las sociedades contemporáneas declaran que ese saber se
fragmenta en múltiples juegos de lenguaje; en fin, allí donde la universidad
moderna aspira a ser depositaria de la ciencia, las sociedades contemporáneas
prefieren y confían en el management y en las public policy. En suma, las
tribulaciones de las universidades estatales -aquí y poco a poco en la
experiencia comparada- son expresión, en alguna medida, de la crisis del relato
que ha legitimado en los últimos doscientos años a la universidad moderna.
¿Significa
lo anterior que la universidad estatal no puede hoy día reclamar ningún vínculo
específico con lo público y que en cambio debe resignarse a ser tratada en
condiciones de igualdad con los innumerables proyectos privados que hoy día
proliferan?
No
lo creo. Pienso que existen otro tipo de razones, distintas a las que acabamos
de revisar, que permiten reclamar para las instituciones del estado un trato
preferente o especial.
Esas
razones no provienen de un análisis puramente conceptual como el que hemos
realizado hasta aquí, sino que tienen su origen en una constatación empírica y
hasta cierto punto política.
En
un sistema de educación superior como el chileno, donde la creación de
universidades está al alcance de la iniciativa privada, se arriesga el peligro
que el ámbito de la educación superior resulte anegado por proyectos
institucionales que expresen puntos de vista parciales o formas de vida de las
varias que están en competencia, y que así poco a poco la fisonomía del
conjunto de la educación superior se asemeje a la suma o simple yuxtaposición
de proyectos particulares sin que exista ninguno que aspire a expresar la
totalidad. En un mundo como ese, el
sistema escolar y el universitario acabarían siendo la prolongación de la
familia y de sus creencias, un mecanismo puramente endogámico en el que no
habría lugar para la diversificación de las élites que es imprescindible, me
parece a mí, para la democracia.
Pues
bien, para evitar lo anterior es imprescindible que el estado cuente con un
puñado de instituciones capaces de expresar la pluralidad social y trascender
los puntos de vista meramente particulares y aquí hay entonces, según creo, una
buena razón para que el estado trate preferentemente a un puñado de sus
instituciones.
Lo
anterior exige, sin embargo, severas transformaciones en el sistema de
universidades estatales . En especial exigiría que esas instituciones estén
gobernadas por el estado y no capturadas por sus corporaciones académicas, como,
desgraciadamente, ocurre en muchas de ellas; que las mejores cuenten con
sistemas de acción afirmativa o de discriminación positiva a la hora de
seleccionar a sus estudiantes, en vez de, como ocurre hoy, reclutarlos mediante
escalas ordinales de rendimiento que, sabemos, expresan diferencias socioeconómicas;
que abandonen la presunción meritocrática, es decir, que se vuelvan más
conscientes de los mecanismos mediante los cuales se distribuye el conocimiento
y el poder (y eviten así algunas de ellas transformarse, por el mecanismo de
selección usado, en las más selectivas socialmente de todas); y que, en fin, se resignen a que no todas las
que actualmente existen, y ni siquiera la mayoría de ellas, merecen ese trato
preferente en un sistema bien equilibrado.
Como
ustedes ven, las razones en pro de un trato preferente de las universidades
estatales no provienen del hecho que ellas posean un vínculo privilegiado con
lo público (puesto que hemos visto que ese vínculo en verdad no existe) sino
que derivan de la actual situación del sistema de educación superior que, así
como van las cosas, arriesga, como dije, en el largo plazo, el serio peligro de
transformarse en un mecanismo puramente endogámico y expresivo de intereses
particulares.

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