José Joaquín Brunner, en estas mismas páginas, ha llamado la atención acerca de la necesidad de examinar bien si acaso las universidades cota mil presentan o no algunas de las características que, implícitamente, se les atribuyen (selectividad social, capital social excluyente, culturas más bien empresariales, etcétera).
Todo eso es, por supuesto, indispensable; pero a condición de no sustituir un asunto de principios por uno empírico.
La cuestión de principios es que un sistema educativo que permite a sus miembros transitar por casi 17 años de su vida sin cambiar sus grupos de referencia básicos y donde múltiples proyectos particulares promueven su cultura y sus valores, sin trascenderse a sí mismos, es absolutamente inadecuado en una sociedad democrática.
Ponerse de acuerdo en es acuestión de principios o puramente conceptual es indispensable.
Luego viene la cuestión empírica: ¿se acerca el sistema de educación superior chileno a esa realidad que nos parece inconveniente?
En el debate público hay así cuatro alternativas posibles:
i) Podemos estar de acuerdo en la cuestión conceptual pero no en la empírica (es malo un sistema estratificado, pero el nuestro no lo es);
ii) ¨Podemos estar de acuerdo en la cuestión conceptual y en la empírica (un sistema así es malo y el nuestro se acerca a él);
iii) Podemos no estar de acuerdo en la cuestión conceptual, pero si en la empírica (no es cierto que un sistema estratificados sea malo y el nuestro se encuentra estratificado);
iv) Podemos no estar de acuerdo en ninguna de las dos (ni es cierto que un sistemna estratificado sea malo y tampoco es cierto que el nuestro empíricamente lo sea).
Como la cuestión empírica debe esperar, podríamos comenzar por ponernos de acuerdo en la cuestión conceptual: ¿es bueno o no un sistema con características endogámicas, que tiende a reproducir los grupos de referencia primarios y con proyectos puramente particulares?

Me parece a mí que las "teorías de la reproducción" --en sus versiones más o menos fuertes-- hace rato que han cambiado los parámteros relativamente tradicionales en que Carlos Peña plantea aquí la cuestión. En efecto puede postularse que:
Sí es cierto que los sistemas de educación superior son estratificados, y por ende tienden a reproducir las diferencias de clase socio-económica y cultural de origen, y sí lo es, también, que toda ética igualitarista tenderá a tener por "malo" un tal sistema, en la medida que tiende a mantener y renovar la desigual distribución de los capitales de origen.
Luego, es a partir de esta doble constatación que cabe, por un lado,adentrarse en las "teorías de la reproducción" para ver cómo se comportan en sistemas de educación superior masivos y altamente diferenciados y, a su turno, cómo ellas permiten entender las específicas características de la estratificación de las universidades en Chile. Haré este último ejercicio en los próximos días y lo subiré a nuestro Blog.
A partir de allí, entonces, podrá discutirse la cuestión de las evaluaciones morales y de cómo ellas se configuran en un contexto de "teorías de la reproducción" y de análisis más certeros de la estratificación de nuestra educación superior.
Si es cierto -como José Joaquín Brunner lo reconoce- que el sistema niversitario tiende a reproducir las diferencias de origen, parece que la discrepancia está en la evaluación de ese hecho. Y la pregunta entonces que cabría responder es la siguiente: ¿cómo debe evaluarse en una sociedad democrática un hecho semejante?
A la pregunta planteada por Carlos Peña, la respuesta es por cierto: Negativamente. De seguro que en esto estábamos de acuerdo desde antes de este intercambio y que esta misma evaluación es compartida por la gente civilizada.
Más bien la pregnua es: ¿cómo puede una sociedadad democrática reducir efectivamente la herencia del capital cultural y escolar a nivel de la educación superior?
Y, contestada esa pregunta en el plano de las políticas públicas y sus instrumentos, resta la pregunta más compleja: ¿puede una sociedad democrática, o cualquiera otra, eliminar el efecto de esas herencias?
Y si esto no puede lograrse (como es casi seguro, ¿o no?): ¿ha de concluirse, entonces, que toda formación de los herederos tenderá siempre a ser relativamente segmentada?