La expresión Universidades cota mil la acuñó Felipe Berríos en una columna a estas alturas suficientemente conocida. En ella Berríos comparaba la situación de las universidades del centro -cuyos estudiantes se comprometían en un movimiento de protestas por aranceles- y aquellas otras que se encuentran en los suburbios donde, según el autor, los estudiantes se paseaban lejos de esa realidad de carencias y reclamos, sin que pudiéramos saber si alguna vez llegarían a conocerla.
Con esa figura no del todo feliz (derivar el carácter de una institución de su ubicación geográfica se presta a malos entendidos como lo prueba el debate que su columna ha suscitado) Felipe Berríos quizo plantear un asunto de urgente interés público: la estratificación de nuestro sistema educativo y la posibilidad que un joven transite por todo la escolaridad obligatoria y superior (aproximadamente diecisiete años de su vida nada menos) sin abandonar su barrio y sin cambiar significativamente sus grupos de referencia. Ese fenómeno puede ser indicativo de una peligrosa endogamia. Después de todo las sociedades se constituyen no cuando suman sus particularidades (el barrio, la confesión religiosa o la pertenencia de clase) sino cuando las trascienden en un sistema de signifciados culturales que crea lealtades y deberes entre personas cuya experiencia social puede ser, sin embargo, muy distinta.
La inconveniente estratificación de nuestro sistema educativo -un circuíto más o menos cerrado que puede favorecer la endogamia- es una cuestión digna de análisis. Después de todo la educación, en todos sus niveles, es un esfuerzo de transmisión de conocimientos y de reproducción, es cierto; pero también de significados compartidos que se encuentra a la base de la democracia y de las comunidades políticas.
Las universidades cota mil (que, claro, pueden estar en cualquier parte) son aquellas que no logran estar a la altura de esa importante tarea de trascender los intereses familiares o de origen.

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